Un creciente movimiento integrado por científicos, psiquiatras, instituciones médicas, activistas y startups busca resignificar el uso de los hongos psicodélicos, alejándolos de su asociación con el consumo recreativo para explorar su potencial en el campo de la salud mental.
En particular, el foco está puesto en los hongos psilocibios, que contienen compuestos psicoactivos capaces de generar efectos alucinógenos o, más precisamente, alteraciones perceptivas. La investigación actual analiza si, en entornos controlados y con supervisión profesional, estas experiencias pueden funcionar como una vía de acceso al inconsciente y favorecer procesos terapéuticos.
Si bien estas prácticas siguen siendo experimentales y no cuentan con aprobación legal en la mayoría de los países, distintos estudios sugieren que, bajo condiciones específicas de dosis, contexto y perfil del paciente, podrían resultar útiles en trastornos como la depresión, el estrés postraumático y algunos cuadros de ansiedad.
La psiquiatra Mariana Zarankin, autora del libro Psicoterapia asistida con microdosis de hongos psilocibios, señala que en el caso de las microdosis —consumo en cantidades bajas que permiten mantener la funcionalidad cotidiana— aún no existe evidencia científica concluyente. “No hay consenso sobre qué se considera una microdosis ni sobre cómo medir sus efectos”, advierte, aunque reconoce que cada vez más personas se interesan por esta alternativa.
Este enfoque también plantea un cuestionamiento al modelo médico tradicional, al priorizar la experiencia subjetiva del paciente. En lugar de “apagar” síntomas, como suele ocurrir con algunos psicofármacos, estas terapias apuntan a amplificar la percepción y facilitar la conexión con emociones o vivencias profundas.
En cuanto al marco legal, el panorama internacional muestra avances dispares. En Estados Unidos, estados como Oregón y Colorado ya cuentan con programas regulados para el uso de psilocibina en contextos controlados, mientras que otros, como Nuevo México y Utah, avanzan con iniciativas piloto. Australia, por su parte, permite desde 2023 la prescripción de psilocibina para casos de depresión resistente y MDMA para estrés postraumático bajo supervisión psiquiátrica. En países como Países Bajos o Brasil existen formas limitadas de legalidad, aunque sin aprobación clínica formal.
Desde el punto de vista terapéutico, existen dos grandes enfoques: las macrodosis, que implican experiencias intensas en sesiones controladas de varias horas, y las microdosis, que se administran de manera gradual durante semanas o meses. En el primer caso, se busca generar un impacto significativo que luego se trabaja en psicoterapia; en el segundo, se apunta a facilitar cambios progresivos en la percepción y la conducta.
Los estudios con dosis altas muestran resultados prometedores, incluso comparables con tratamientos antidepresivos en algunos casos. En cambio, la evidencia sobre microdosis es todavía limitada y presenta resultados mixtos.
Zarankin advierte que estas terapias no son universales ni están exentas de riesgos. Existen contraindicaciones, especialmente en personas con trastornos psicóticos o ciertos cuadros de ansiedad severa, y subraya la importancia de la evaluación profesional y del contexto en el que se aplican.
En definitiva, el auge de los psicodélicos en salud mental refleja una búsqueda global de nuevas herramientas para abordar problemáticas complejas. Aunque aún falta evidencia y regulación, el interés creciente sugiere que este campo seguirá en expansión en los próximos años.

