La inteligencia artificial es un excelente ejemplo de nuestra constante voluntad de optimizar el rendimiento y el resultado de nuestras acciones. También muestra cómo evoluciona nuestra forma de estar en el mundo.

Esto se puede entender de forma muy concreta a través de la forma en que nos orientamos en una ciudad. Imaginemos que llegamos a una ciudad nueva, como Bruselas, Roma, París o Berlín. Es natural que el ser humano quiera familiarizarse con el lugar en el que se encuentra.

Al cabo de unas horas, desarrollamos una especie de percepción de la ciudad: ya sabemos dónde discurre el río, si nos encontramos al norte o al sur del mismo, o dónde se encuentra el castillo. Nos orientamos entre el río y el castillo, y sabemos que la catedral se encuentra en el centro, a la izquierda.

Al recorrer la ciudad, adquirimos una percepción de cómo nos movemos en ese espacio, en esa situación. Hoy en día, nos orientamos con Google Maps, y es una acción constelativa: mientras seguimos una ruta —100 metros a la izquierda, luego inmediatamente a la derecha, luego por el puente— no tenemos ni idea de dónde estamos. Este ejemplo revela un cambio en nuestra forma de estar en el mundo y de movernos por él.

Mi tesis es la siguiente: la inteligencia artificial intensifica el acceso constelativo al mundo, pero conlleva el riesgo de que dejemos de mejorar nuestras acciones. En este sentido, quiero subrayar una vez más que, a través de normas burocráticas, instrumentos técnicos y tecnologías, hemos tratado de aumentar nuestra capacidad de acción, pero también de garantizar y crear márgenes de maniobra en los que podamos actuar. Sin embargo, ahora hemos llegado a un punto en el que la IA actúa en nuestro lugar. Así, sustituimos la acción por la tecnología.

La IA puede componer piezas musicales en nuestro lugar: al final, aún podemos especificar si queremos un tempo más lento o una forma más clásica. Así, vemos que la pieza musical ya no es una forma de acción, sino algo que se nos presenta y que luego puede ser juzgado, evaluado y modificado.

Una de mis principales convicciones es que la diferencia entre actuar y ejecutar reside en el hecho de que siempre estamos anclados en situaciones. Estas evolucionan constantemente en función de nuestras acciones y, a su vez, influyen en ellas. Por el contrario, en la constelación del mundo, siempre nos vemos confrontados: esta constelación actúa sobre nosotros y nosotros reaccionamos a continuación. El orden cronológico no es directo.

El fuera de juego en el fútbol es interesante en este sentido. Cuando tiene que tomar una decisión, el árbitro consulta una imagen de video grabada hace uno o tres minutos, la evalúa y luego pasa a otra cosa. Actuar de forma constelativa siempre equivale, en realidad, a detenerse en el mundo, a salir de la situación.

La IA modifica así nuestra forma de estar en el mundo, ya sea para cocinar, hacer música, pintar, contar historias, navegar o hacer astronomía: nos presenta el mundo como un vis-à-vis en el que ya no estamos anclados.

Mi preocupación con respecto a la IA es que no nos permite mejorar nuestra capacidad de acción en el mundo, sino que la sustituye por una ejecución artificial. Esto dificulta la existencia humana en el mundo. En mi opinión, esta es una de las razones por las que el agotamiento y la soledad están aumentando.

La socióloga Eva Illouz me hizo darme cuenta de una posible conexión: ella escribe que las emociones nos proporcionan la energía necesaria para actuar, lo que me parece totalmente plausible. El sociólogo alemán Hans Joas y toda la tradición del pragmatismo también han coincidido en este sentido. Según ellos, actuar no consiste en poner en práctica un programa en el mundo, sino en responder y reaccionar ante una situación.

Cuando ves a una persona tirada en la calle o que tus padres ancianos ya no pueden valerse por sí mismos en su casa, por ejemplo, reaccionas emocionalmente. Identificas el reto, intentas ayudar, actuar e intervenir. Por el contrario, observamos que la ejecución y la lógica ejecutiva neutralizan por completo nuestras emociones: hacen que ya no actuemos en función de nuestros sentimientos, sino según un programa, una norma o unas directrices.

En mi libro Situation und Konstellation, presento toda una serie de ejemplos sobre este tema. Los profesores que disponen de un catálogo de criterios abstractos para calificar a los alumnos pueden tener a veces la sensación de que una buena nota sería importante para animar a algunos alumnos, o incluso podría cambiarles la vida, pero según los criterios, eso no es posible. Por lo tanto, el profesor se ve obligado a ponerles una mala nota.

Lo mismo ocurre con el árbitro que, a la vista del desarrollo de un partido, consideraría justo no señalar un ligero fuera de juego a favor del equipo A, precisamente porque ya ha arbitrado tres veces, en situaciones críticas, a favor del equipo B. Según la lógica de la ejecución constelativa, tal comportamiento tampoco es posible. Las emociones y la capacidad de juicio no tienen ninguna importancia; deben ignorarse, incluso contrariarse.

Por eso afirmo que cortamos el vínculo entre la emoción y la acción, incluso cuando preparamos el café por la mañana. Si estoy cansado y pongo una cucharada más de café en el filtro, las emociones influyen directamente en la acción. Con la cápsula, la emoción queda en suspenso e incluso tengo que actuar en su contra.

Actuar en contra de la emoción o sin emoción nos priva de nuestro poder de acción y provoca una pérdida de energía, incluso un agotamiento. Sin embargo, seguimos siendo seres afectivos, y los afectos se acumulan; pueden transformarse en ira política o, desde un punto de vista positivo, en explosiones de euforia durante los partidos de fútbol o los conciertos de rock.

(*) Hartmut Rosa., nacido en 1965 en Lörrach, Alemania, es un destacado filósofo, sociólogo y politólogo. Es reconocido internacionalmente por ser un pilar de la nueva teoría crítica y el autor de dos de las teorías sociales más influyentes de la modernidad: la aceleración social y la teoría de la resonancia.

Nota con información de https://legrandcontinent.eu/