Aunque la temporada oficial de avistaje embarcado de la ballena franca austral comenzará el 9 de junio, los primeros ejemplares ya llegaron al Golfo Nuevo y empiezan a ofrecer las postales iniciales de uno de los espectáculos naturales más esperados del año en Puerto Madryn.
Cada temporada, que se extiende de junio a diciembre, miles de ballenas arriban a estas aguas para reproducirse y criar a sus ballenatos. Una de las particularidades de este destino es la posibilidad de observarlas desde la costa, especialmente en el Área Natural Protegida El Doradillo, entre junio y septiembre.
En ese sector, la combinación de playas de canto rodado y una pendiente pronunciada permite que los animales se acerquen a pocos metros de la orilla. Este comportamiento es habitual en hembras con crías o en etapa de gestación, que buscan resguardo frente al acoso de los machos.
El avistaje embarcado, en tanto, tiene como principal punto de partida a Puerto Pirámides, dentro del área protegida de Península Valdés. Las excursiones, que suelen durar unos 90 minutos, ofrecen una alta probabilidad de encuentro con estos cetáceos y convierten a la región en uno de los pocos lugares del mundo donde la experiencia está prácticamente asegurada.
En muchos casos, las ballenas se aproximan de manera espontánea a las embarcaciones, generando momentos únicos para los visitantes sin necesidad de intervención humana.
Lejos de ser una actividad invasiva, el avistaje se consolidó como una práctica sustentable. El desarrollo del ecoturismo permitió revalorizar a la especie como un recurso natural cuya conservación genera beneficios económicos, ambientales y educativos, muy por encima de cualquier explotación extractiva.
La actividad está regulada por estrictas normativas provinciales que establecen distancias, tiempos de permanencia y cantidad de embarcaciones permitidas. Desde 2005 rige la llamada “técnica patagónica”, con controles permanentes de guardafaunas y Prefectura Naval, y sanciones para quienes incumplan las reglas.
El crecimiento sostenido de la población —con más de 2.200 ejemplares registrados en las últimas temporadas— refuerza la necesidad de mantener y profundizar las políticas de protección, especialmente en áreas no protegidas como el frente costero de Puerto Madryn.
Además de las ballenas, el ecosistema patagónico ofrece una gran diversidad de fauna, como lobos marinos, pingüinos y aves costeras, en un entorno donde el turismo se desarrolla bajo una premisa central: minimizar el impacto humano y preservar el equilibrio natural.

