El sistema climático global atraviesa una fase de cambio acelerado que, según la comunidad científica, podría marcar el fin de la estabilidad que permitió el desarrollo de la civilización humana durante los últimos 11 mil años. Investigaciones recientes advierten que el planeta se aproxima a umbrales críticos cuya superación podría desencadenar transformaciones profundas y difíciles de revertir en los principales sistemas que regulan el clima.
Un trabajo publicado en la revista científica One Earth señala que las temperaturas medias globales actuales igualan o superan las registradas hace 125 mil años, mientras que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzan niveles sin precedentes en al menos dos millones de años. Estas alteraciones están asociadas principalmente al uso intensivo de combustibles fósiles, la degradación de ecosistemas y el aumento sostenido de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Christopher Wolf, investigador de Terrestrial Ecosystems Research Associates, advirtió que la superación de algunos de estos umbrales podría empujar al planeta hacia una trayectoria conocida como “Tierra invernadero”, un estado climático más cálido y autorreforzado. Según el especialista, existe una subestimación generalizada de los riesgos que implicaría una transición de este tipo, tanto a nivel político como social, debido a su carácter potencialmente irreversible.
El concepto de “Tierra invernadero” describe un escenario en el que el sistema climático pierde su capacidad de autorregulación, reteniendo calor de manera similar a un invernadero cerrado, con consecuencias duraderas sobre las temperaturas globales, los océanos y los ecosistemas terrestres.
La investigación identifica dieciséis elementos de inflexión del sistema terrestre, entre ellos las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, el permafrost, la selva amazónica y la Circulación Meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés). Estos componentes son considerados especialmente sensibles al calentamiento global y, una vez desestabilizados, pueden activar procesos de retroalimentación que intensifican el cambio climático.
En ese sentido, William Ripple, de la Universidad Estatal de Oregón, señaló en declaraciones al diario The Guardian que la AMOC ya muestra signos de debilitamiento, lo que podría incrementar el riesgo de una degradación masiva de la Amazonia. La liberación de carbono asociada a este proceso, advirtió, reforzaría aún más el calentamiento global e interactuaría con otros ciclos de retroalimentación.
El informe subraya que estos elementos de inflexión no actúan de manera aislada, sino que pueden desencadenar reacciones en cadena. Un colapso parcial en uno de ellos podría amplificar la inestabilidad de otros sistemas, acelerando procesos irreversibles tanto en el clima como en los ecosistemas.
Tim Lenton, profesor de la Universidad de Exeter, remarcó que los riesgos severos para las sociedades humanas no dependen exclusivamente de alcanzar un escenario extremo de “Tierra invernadero”. Según explicó, un aumento sostenido de la temperatura global de 3 ℃ sería suficiente para generar impactos graves sobre la seguridad alimentaria, la economía y la habitabilidad de amplias regiones del planeta.
Los datos recientes refuerzan estas advertencias. Durante el último año, la temperatura media global superó de forma sostenida el umbral de 1,5 ℃ establecido por el Acuerdo de París, en un contexto de eventos extremos cada vez más frecuentes, como olas de calor, incendios forestales, inundaciones y sequías. En 2024, las emisiones globales de dióxido de carbono alcanzaron las 37,8 gigatoneladas y la concentración atmosférica llegó a 422,5 partes por millón, un 50 % por encima de los niveles preindustriales. A esto se suman aumentos persistentes de metano y óxido nitroso, que intensifican el efecto invernadero.
El estudio publicado en One Earth advierte además que los modelos climáticos actuales, pese a su creciente complejidad, no logran captar completamente las interacciones del sistema terrestre. La tasa de calentamiento se aceleró de 0,05 ℃ por década a mediados del siglo XX a 0,31 ℃ por década en la actualidad, reduciendo de manera significativa el margen temporal disponible para evitar la consolidación de procesos de autorreforzamiento.
Entre los puntos más sensibles se destaca la capa de hielo de Groenlandia, que ya presenta señales de inestabilidad y podría colapsar con un aumento de temperatura de entre 0,8 ℃ y 3,4 ℃ antes de 2050. La pérdida de este volumen de hielo tendría consecuencias directas sobre el nivel del mar, los regímenes de precipitación y la circulación oceánica, con efectos de alcance global.
El informe también advierte que incluso un aumento temporal de la temperatura por encima de los objetivos climáticos podría elevar hasta en un 72 % la probabilidad de cruzar umbrales críticos, en comparación con escenarios de calentamiento más moderados. Esta dinámica refuerza la necesidad de evitar no solo el calentamiento a largo plazo, sino también los picos transitorios de temperatura.
Desde la perspectiva científica, los compromisos internacionales actuales resultan insuficientes. Las políticas vigentes proyectan un calentamiento global de hasta 2,8 ℃ hacia finales de siglo, mientras las emisiones continúan en aumento y las inversiones en combustibles fósiles se mantienen. En este contexto, los investigadores reclaman reducciones drásticas de emisiones, monitoreo global de los puntos de inflexión, mejoras en los modelos de predicción y la incorporación sistemática de estos riesgos en la toma de decisiones políticas y económicas.
“La incertidumbre sobre la ubicación exacta de los umbrales de inflexión no justifica la inacción; por el contrario, refuerza la necesidad de medidas preventivas inmediatas”, concluye el artículo publicado en One Earth. La evidencia científica converge en un mensaje central: la ventana para evitar cambios climáticos peligrosos y difíciles de gestionar se está cerrando rápidamente, y las decisiones adoptadas en el presente serán determinantes para el futuro del sistema terrestre.

