Por Esteban Schlimovich: En un país que no hace más que naufragar como un Titanic, Lionel Messi fue el capitán -de hecho- en el que se pudo confiar y seguir.

En una nación donde algunos de sus líderes no tardan más de cinco minutos en traicionar al que sea, Messi, además de ser el mejor, fue modesto, justo, resiliente, coherente, y todo durante dos décadas, algo inaudito en cualquier disciplina humana. Mientras que los errores los asumió como propios, las victorias las compartió.

Messi redefinió los conceptos de eternidad y de perpetuidad. En la cancha, con su cerebro-cuerpo logró dominar el tiempo. Se ubicaba medio segundo por delante del resto de los mortales. Ese fue su don. Así nació y así vivió. Todo lo demás, inevitablemente, iba a llegar por defecto.

A pesar de que lo fue, jamás se propuso ser un líder. Nunca se preparó para serlo. Pero finalmente lo asumió, a su manera, con sus recursos y valores.

Como Peter Sellers en “Desde el Jardín” (la historia un hombre común que, sin proponérselo jamás, ocupó un lugar de liderazgo mundial, con simples conocimientos de jardinería), Messi nunca se propuso otra cosa más que jugar al “fúlbo” o a la “pelota”.

Estrellas del deporte, de Hollywood, de la política, líderes mundiales hacían cola para estrecharle la mano a un tipo que sólo quería terminar el partido e ir a tomar mates con “la Anto”. Un desencajado distópico.

La primera vez que se hizo cargo de lo que realmente representaba fue tras perder la final de la Copa América 2016 ante Chile. En caliente, Lio renunció a la selección, pero no tardó en entender que, si iba a ser ejemplo de algo, no sería el de la renuncia. “No era el mensaje que le quería dejar a los chicos”. Y un día volvió, distinto, y reescribió la historia.

Messi fue el capitán de todos los deportes. Su último partido con la selección fue el último que su padre pudo ver. Listo. Para él, el círculo se cerró.

Fue un fenómeno de la naturaleza. Con la energía de un rayo nos atravesó. Hoy, algunos dicen gracias, otros lloran, otros lo celebran, otros no le creen, pero nadie queda indiferente. Su adiós a la celeste y blanca es un tsunami que se veía venir de lejos. Ayer llegó, y había que estar preparados.

Tampoco se preocupó por dejar frases grandilocuentes. En lo personal me quedo con “andá pa’allá bobo”, una oración visceral, producto del mismo instinto pulsional que lo mueve dentro de una cancha.

Nos deja un mundo con generaciones de pibes que, para jugar al superhéroe, se ponen la 10. Nada de seres musculosos voladores con capa y superpoderes. Hoy el héroe es un humano que juega a la pelota, que saluda a la gente, que se saca fotos y firma autógrafos, que ríe, llora, y por la mañana lleva a sus chicos a la escuela.

Jamás pidió nada. Hoy el mundo le dice gracias, y su respuesta también es la misma: gracias. Por fin, en algo estamos todos de acuerdo. Un pedacito de cada uno de nosotros se retira con él.

Que Messi se despida de la selección no me pone mal. Lo cierto es que dejó la vara demasiado alta. Y como amante del buen fútbol, sólo espero estar vivo para ver algo parecido. Por eso, lo que hoy se me ocurre decir es que “yo, simplemente, te vi”.