Por Pedro Andrisani: Por suerte para el Gobierno, siempre aparece un culpable a mano. Si no son los periodistas “ensobrados”, son los economistas que “no entienden”.
Si no es la oposición, es la política. Y ahora, cuando la morosidad de las familias argentinas alcanza niveles preocupantes, apareció un responsable inesperado: el televisor.

El diagnóstico fue presentado este viernes por Javier Milei en un escenario particularmente apropiado: la Bolsa de Comercio de Rosario, durante el acto por el 142° aniversario de la institución.

Allí, ante empresarios y representantes del mundo financiero, el Presidente ensayó una explicación para el crecimiento de la morosidad que parece salida de una sobremesa futbolera.

Según Milei, muchos argentinos se endeudaron para comprar televisores con los que mirar el Mundial. Después, aparentemente, llegó la parte menos entretenida del partido: pagar las cuotas. “Se compraron televisores para ver el Mundial y después veían si pagaban o no”, explicó el Presidente.

Una teoría económica revolucionaria

Durante años, los economistas se rompieron la cabeza tratando de explicar el endeudamiento de los hogares a partir de los ingresos, las tasas de interés, el crédito, la inflación, el empleo y el poder adquisitivo.

Habrá que avisarles que estaban complicando innecesariamente las cosas. La explicación era mucho más sencilla: había que preguntarle a la pelota.

El problema es que la cronología tiene la desagradable costumbre de arruinar los buenos relatos.

Los datos disponibles muestran que la morosidad de las familias viene creciendo desde hace muchos meses, bastante antes de que la Selección —o cualquier otra selección— empezara a disputar el Mundial.

Y hay otro pequeño detalle: la mora no aparece mágicamente al día siguiente de comprar un televisor.

Para que una deuda ingrese en situación de mora debe transcurrir un período de incumplimiento.

Es decir que resulta bastante difícil explicar con compras realizadas alrededor del Mundial un fenómeno que ya venía acumulándose desde mucho antes. Pero hay algo todavía más llamativo.

El propio discurso presidencial parece necesitar dos explicaciones diferentes para el mismo problema.

Por un lado, Milei sostuvo que los créditos que hoy generan dificultades fueron otorgados durante 2024 y que, por lo tanto, no corresponde atribuirle responsabilidad a su Gobierno. Por otro, encontró en las compras de televisores para el Mundial una especie de explicación sociológica del endeudamiento. La pregunta incómoda es bastante sencilla: si el problema venía de créditos tomados mucho antes del Mundial, ¿qué papel juega entonces el Mundial en la historia?

Quizás el televisor tenga una capacidad extraordinaria para viajar en el tiempo. La escena tiene, además, una ironía difícil de ignorar.

El Presidente habló de morosidad frente a uno de los principales ámbitos del poder económico argentino y, en lugar de concentrarse en cómo recuperar el crédito de las familias o cómo mejorar sus condiciones de vida, eligió señalar a los propios endeudados.

No hubo una mirada demasiado compasiva hacia quienes no llegan a fin de mes.

Hubo, en cambio, una suerte de sermón liberal: nadie les puso una pistola en la cabeza para endeudarse.

El razonamiento tiene una virtud: elimina rápidamente cualquier responsabilidad colectiva.

Si una familia no puede pagar, es porque se endeudó.

Si se endeudó, fue porque quiso.

Y si además compró un televisor, asunto terminado.

El mercado queda absuelto. El Gobierno también.

Y el moroso pasa a ocupar el banquillo de los acusados.

Sólo falta que la próxima estadística del Banco Central venga acompañada por una encuesta sobre cuántos deudores tenían el control remoto en la mano.

El problema, claro, es que detrás de los porcentajes hay personas.

Familias que usan tarjetas para comprar alimentos.

Trabajadores que recurren a un préstamo para llegar a fin de mes.

Personas que refinancian una deuda para pagar otra.

Usuarios de billeteras virtuales que encuentran en el crédito de corto plazo una salida cada vez más cara.

La morosidad familiar no es simplemente una planilla de Excel.

Es el resultado de una economía en la que conseguir crédito puede ser relativamente sencillo, pero pagarlo se vuelve cada vez más difícil.

Los últimos datos disponibles muestran justamente la magnitud del problema: la irregularidad de los créditos a las familias se encuentra en niveles muy elevados y la situación alcanza tanto a préstamos personales como a tarjetas y otros instrumentos de financiamiento.

Frente a semejante escenario, el Presidente podría haber hablado de ingresos.

De salarios. De tasas. De empleo.De consumo. De la capacidad de las familias para sostener sus gastos.

Eligió hablar de televisores.

Quizás porque es más fácil explicar una crisis económica mirando una pantalla que mirando lo que ocurre fuera de ella.

Y en Rosario, justamente, la elección del escenario agrega una cuota de ironía.

La ciudad que conoce como pocas las dificultades de las familias para sostener la economía cotidiana recibió al Presidente para escuchar una explicación según la cual buena parte del problema estaría en que los argentinos quisieron ver el Mundial en pantalla grande.

Una explicación que, además, tiene una curiosa particularidad: convierte al consumidor en culpable y al contexto económico en espectador.

Milei llegó a la Bolsa dispuesto a defender su programa y a rechazar cualquier responsabilidad oficial sobre la creciente morosidad.

También volvió a cargar contra periodistas, economistas y opositores, a quienes acusó de construir relatos contra su Gobierno.

Pero hay relatos que no necesitan periodistas para caerse.

A veces alcanza con mirar las fechas.

Porque si la morosidad crece durante meses, si las deudas se acumulan, si las familias recurren cada vez más al crédito para sostener el consumo y si el problema excede largamente a quienes compraron un televisor, entonces quizá haya que buscar la explicación en otro lugar.

No en la pantalla. En la economía real.

Aunque, pensándolo bien, puede que el Presidente tenga razón en una cosa. Los argentinos efectivamente están mirando una pantalla.

Sólo que no es la del televisor comprado para el Mundial.

Es la pantalla de la cuenta bancaria. Y ahí, por ahora, el partido viene bastante más complicado.