Por Pedro Andrisani: El relato del gobierno nacional va tan rápido que ya se tropieza con sus propias contradicciones. Hace apenas una semana, el presidente Javier Milei estuvo en la Bolsa de Comercio de Rosario y, fiel a su estilo de retar a la gente, encontró al culpable de la crisis actual. Según él, la economía anda bien y la morosidad sube porque las familias argentinas son unas irresponsables que se compraron televisores para ver el Mundial y después decidieron no pagarlos. Para la mirada porteña del Presidente, el trabajador común es un estafador que prefiere una pantalla grande antes que cuidar el sagrado superávit del Estado.

Pero el reto duró poco. Siete días después de decirnos que financiar un electrodoméstico es casi un pecado, el ministro de Economía Luis Caputo, salió a anunciar con bombos y platillos un nuevo plan de créditos hipotecarios. Lo insólito no es la medida en sí, sino de dónde sale la plata: van a usar 2 billones de pesos de la ANSES, sacados del Fondo de Garantía de Sustentabilidad. Sí, la misma caja de los jubilados a la que el Gobierno le congela los ingresos con el argumento de que “no hay plata”, ahora se transforma en la billetera del Estado para financiar a los bancos privados y reactivar el mercado inmobiliario.

La contradicción es total y expone el doble discurso oficial. Para el manual libertario, sacar un televisor en cuotas para tu casa es un acto de populismo irresponsable; pero meterte en una deuda a 25 años con un crédito indexado por inflación, usando la plata de los jubilados, es una genialidad del libre mercado. El Gobierno pretende que el vecino de Rosario, el mismo al que la Cámara de Electrodomésticos local tuvo que defender aclarando que si la gente no paga es porque el sueldo no alcanza para los tarifazos, se anime a sacar una hipoteca a larguísimo plazo en un contexto totalmente inestable.

Mientras los ideólogos del “no hay plata” nos explican desde la comodidad de sus despachos en Capital Federal qué electrodomésticos tenemos permitido comprar, acá en el interior la realidad se banca con el lomo. El gobierno nacional  asfixia a las provincias cortando los subsidios, el transporte y la obra pública, obligando al gobernador Maximiliano Pullaro y al intendente Pablo Javkin a hacer magia para garantizar que las escuelas, los hospitales y las calles sigan funcionando. Al final, el libre mercado versión libertaria resultó ser una timba bastante previsible: la plata de los jubilados se usa para salvar a los bancos, el consumo popular se persigue como un delito, y el federalismo se reduce a que las provincias pongan la riqueza mientras el centralismo porteño digita los milagros de cotillón.