Por Pedro Andrisani. Hay partidos que se ganan con fútbol. Otros, con carácter. Y las grandes finales suelen exigir las dos cosas. Central tuvo ambas.
El gol tempranero de Estudiantes pudo haber cambiado el libreto. Un golpe de esos que obligan a un equipo a preguntarse si la noche viene torcida. Pero el Canalla no se descompuso. No entró en la desesperación ni se entregó al partido que el rival quería jugar. Siguió, y en una final, también es una forma de jugar.
Central empezó a recuperar la pelota, encontró espacios, adelantó sus líneas y comenzó a llevar el partido hacia donde más le convenía. No fue una reacción espasmódica: fue construyendo el empate hasta que apareció la jerarquía.
Y cuando apareció Di María, apareció esa clase de futbolista que convierte una oportunidad en una certeza.
El tiro libre fue una obra de precisión. El penal, una demostración de personalidad. Y el tercero, ya en el tramo decisivo, terminó de poner en palabras lo que Central había construido durante la noche.
Pero sería injusto reducir la victoria al nombre de Fideo. Central tuvo solidaridad para correr, paciencia para esperar, inteligencia para leer los momentos del partido y determinación para no dejar escapar la oportunidad cuando la tuvo delante y eso también gana finales. Y acaso allí esté la verdadera explicación de la tarde.
Mientras Estudiantes fue perdiendo el control emocional del partido, Central fue ganando control futbolístico.
La polémica, naturalmente, apareció. Hubo decisiones arbitrales discutibles y un penal que seguirá siendo materia de debate. Estudiantes tiene derecho a cuestionarlas y Juan Sebastián Verón, como presidente del club, a expresar su posición.
Lo hizo a su manera: con aplausos irónicos, reclamos y una persistencia casi quirúrgica para volver una y otra vez sobre las jugadas controvertidas.
No deja de ser una curiosidad del fútbol: mientras unos intentan explicar por qué perdieron, otros están tratando de entender cómo hicieron para ganar. En Rosario la respuesta parece bastante clara.
Central no recibió la copa como una cortesía administrativa, la fue a buscar. La buscó después del 0-1. La buscó cuando el partido se hizo incómodo. La buscó con Di María, pero también con un equipo que entendió que una final no se gana mirando el reloj ni esperando que el rival se equivoque. Se gana atacando cuando hay que atacar. Defendiendo cuando hay que defender.
Por eso la imagen final tiene una fuerza que ninguna discusión arbitral puede borrar: los jugadores de Central levantando la copa y Santiago del Estero convertido, por una noche, en una sucursal de Arroyito.
Porque en Rosario sabemos que hay victorias que se festejan por el resultado y otras que se disfrutan por la manera en que se consiguieron.
Esta tuvo un poco de las dos. Central perdía y terminó ganando. Estaba contra las cuerdas y terminó dominando la escena. Tuvo que soportar la polémica y respondió jugando.
Y cuando llegó el final, mientras todavía quedaban reclamos por hacer, la copa ya tenía destino, Arroyito.
Verón podrá seguir mirando las repeticiones. Podrá mantener su interpretación de lo ocurrido y discutir cada decisión que considere equivocada, es parte del fútbol.
Pero hay una escena que ninguna repetición modifica.
Di María levantando el trofeo, los jugadores abrazados, y Rosario Central campeón.
A veces el fútbol ofrece muchas explicaciones. Esta vez, la más convincente fue la que escribió Central dentro de la cancha.